Intervención parlamentaria del diputado Enrique Rubio en la sesión de homenaje de la Cámara de Representantes a Héctor Rodríguez el día 5 de noviembre de l996.

Héctor Rodríguez fue un hombre notable, un verdadero gigante al servicio de su pueblo. Esta tarde, señor presidente, venimos a evocar su figura. Ante esta Cámara, ante sus familiares. Ante los dirigentes del PIT/CNT y del FA. Ante muchos uruguayos que están aquí, que lo han valorado y querido.

I. Héctor Rodríguez parlamentario.

Hace cerca de medio siglo la voz del joven diputado Héctor Rodríguez resonó en este ámbito; tenía menos de 30 años y hacía ya tiempo que trabajaba en favor de las mismas metas que orientaron su vida de luchador social: la unidad popular. La unión sindical de los trabajadores para defender sus derechos, la unión política de las fuerzas progresistas para desplegar una propuesta nacional y popular.

 Hoy, al recordarlo, evoco su figura de maestro, de dirigente, de hombre de consulta. Evoco al compañero de peripecias y de celda. Evoco al entrañable amigo que ha muerto.

No quiero que el sentido del pudor me impida decir lo que tengo que decir sobre la muerte de un grande. Quisiera estar a la altura de las circunstancias en uno de las pocas instituciones que abren sus espacios a la evocación republicana. Con frecuencia dejamos que la vida se deslice sin apelar a los símbolos. Aquí en Uruguay no hemos esculpido el memorial democrático de la lucha por la libertad y de la resistencia a la dictadura. No lo hemos hecho. No quisiera participar una vez más en la omisión colectiva.

Héctor Rodríguez fue, es y será un grande de la democracia uruguaya. De los sindicatos y los partidos políticos en el Uruguay. Creyó en la centralidad de ambos y actuó de acuerdo con esa convicción. Fue un referente de las fuerzas progresistas y un paradigma de integridad moral e intelectual.

Aquél joven diputado comunista, que renunció a su banca cuando fue expulsado de su partido, provenía de una familia de clase media rural. Cuando su padre, desde Tacuarembó, no pudo solventar sus estudios en Montevideo, optó por trabajar y continuar estudiando. Fue vendedor ambulante de libros cuando tenía 17 años; decía Héctor que la exitosa venta de La condición humana, esa hermosa obra de André Malreaux, le permitió sobrevivir durante l935.

En l936 inicio su vida como obrero textil. Desde entonces fue "tejedor". Esa fue su calificación laboral. Esa es la calificación humana con que lo retrata la semblanza de Eleuterio Fernández Huidobro en El Tejedor. Desde entonces y para siempre Héctor fue el tejedor, el articulador de la urdimbre social uruguaya para dibujar y crear unidades populares.

Hace menos de 50 años trabajaba aquí, como diputado. "Nunca trabajé tanto como cuando fui diputado," afirmaba Héctor. Con su voto fue aprobada la ley del Instituto Nacional de Colonización.

 

II. Perfiles y jalones en la vida de Héctor Rodríguez

Al iniciar su respuesta a Millán de Astray, en Salamanca, dijo Unamuno: "Hay circunstancias en que callar equivale a mentir". Es un buen criterio. HR, duro polemista, nunca agredió pero jamás -siempre que consideró que su obligación era hablar- jamás calló. Siempre sus hechos dieron testimonio de sus ideas; cuando escuchó el himno, encapuchado en el cuarto piso de Cárcel Central, Héctor se arrancó la capucha porque, dijo, “Un oriental no puede escuchar el himno encapuchado”.

Fue hijo de su tiempo.  Pero no se dejó llevar pasivamente por la circunstancia. Convocó  a las fuerzas populares para  incidir en cada uno de los acontecimientos. La participación democrática  de los uruguayos fue su brújula. La brújula de un unificador. Su respeto por la gente se convirtió en leyenda. Tomó  partido desde sus principios, guiado por su “sed de justicia”, por un ideario marxista y artiguista, universal y arraigado en la experiencia cotidiana. Nunca dejó de comprometerse por algo que valiera la pena atacar o defender, demoler o construir.

Héctor fue un docente; siempre se hizo tiempo para enseñar lo que más hondamente sabía: la acción política lúcida y recta. No creía que todos los medios fueran válidos; entendía que la mejor arma política  es la conciencia de la gente y que no hay peor práctica que la demagogia.

Nunca persiguió protagonismos. Pero jamás rehuyó responsabilidades protagónicas, aun cuando se expusiera a intemperies políticas; confiaba, sí, en el reconocimiento de largo plazo por la misión cumplida. Rehuía los homenajes: prácticamente tuvimos que arrastrarlo al Palacio Sud América, en 1987, para festejar su cumpleaños.

 La grandeza de Héctor, su desprecio por la política de fracción y de capilla, logró un reconocimiento generalizado. Fue hombre de consulta de varios partidos de izquierda, incluso en sus internas.

Quiso ser un "hombre serio" en el más hondo sentido de la expresión, y lo fue. Nada más alejado de la personalidad de Héctor que la política como cultura del espectáculo.

Fue “don Pío” para buena parte del entorno de presos y amigos; para la mayoría fue “el Viejo”, con sentido algo filial. Héctor combinó siempre su actitud de dirigente político exigente con la de amigo incondicional, padre de familia ejemplar, hombre tierno, capaz de emocionarse con la obra de sus poetas españoles preferidos, revestido de la caparazón de un “duro” en política.

 Fue ciertamente, en su ser más profundo, un tejedor de voluntades, un articulador de políticas populares, sabiamente paciente para manejar los tiempos de un conflicto sindical, de un enfrentamiento político, de los largos períodos de prisión y de lucha contra la dictadura. “Cuando me di cuenta de que había perdido la paciencia, decidí que era la hora de retirarme”,  dirá en los ochenta.

Su origen social y su inserción laboral dispares le permitieron, tal vez, una fácil sintonía con jóvenes provenientes de las clases medias –los del MAPU, origen de los GAU–, una lucha dura pero con diálogo fácil ante los empresarios, una ilimitada comprensión de las  aspiraciones de sus compañeros de trabajo. Fue, tal vez, esa doble filiación clasista la que facilitó sus planteos policlasistas de lucha contra adversarios comunes, su línea de diálogo  y de acuerdo social y político para desarrollar una política popular.

La biografía de Héctor sigue el curso del último medio siglo y, recíprocamente, la historia del último medio siglo sigue los pasos, en su anverso o en su reverso, de la biografía de H. Nació el 14 de agosto de l918. En l940, a los 22 años, participó en la creación de la Unión Obrera Textil (UOT). En l945, a los 27 años, fue electo diputado. En l951 renunció a su banca. En l955, a los 37 años propició el nacimiento del Congreso Obrero Textil (COT). En l964 fructificó el esfuerzo unitario de Héctor, Gerardo Gatti y otros lúcidos dirigentes sindicales en la fundación de la CNT. En l965, a los 47 años, fue el pivot del Congreso del Pueblo. En l969 levantó desde el COT la orientación alternativa para enfrentar el autoritarismo ascendente; el mismo año fundó los Grupos de Acción Unificadora (GAU), para contribuir a la unificación de la izquierda política. En l970 recorrió el país promoviendo la creación del Frente, y en l971, a los 52 años estuvo aquí en el Palacio Legislativo el 5 de febrero. En l973 impulsó la huelga general, y ese mismo año fue encarcelado por la dictadura. En l982, a los 64 años, fue liberado; adhirió con fervor pocos días después al voto en blanco en las internas de ese año. En l983, el 27 de noviembre estuvo en el estrado del Obelisco. En l984, a los 65 años, fundó la IDI y se opuso al Pacto del Club Naval. Desde l986 a l989 participó en la campaña que culminó en el voto verde. En ese último año apoyó la creación de la Vertiente Artiguista (VA). En l992, a los 74 años, hizo campaña contra la ley de empresas públicas y en l994 contra la "Minireforma". Murió el 20 de octubre de l996 a los 78 años.

 

III. El paciente tejido: la unidad sindical.

No se entiende a Héctor Rodriguez si no se apela a su matriz como obrero textil. A su modo, fue textil toda la vida.  La fábrica, el trabajo, los compañeros, la simbiosis del hombre con la máquina, los turnos, las asambleas y las comisiones de fábrica, el gremio, la permanente interacción con la opinión y el sufrimiento de la gente son su raíz y su savia.

A partir de su expulsión del Partido Comunista en l951, Héctor maduró largamente  desde sus raíces en el Congreso Obrero Textil, una línea política orientada a la unidad global de los trabajadores.

Héctor aplicó sabiamente la regla de oro de la unidad en la diversidad en todas sus construcciones sociales y políticas. Para participar de la fundación del COT en l955, de la CNT en l964-66,  del FA en l971, hizo de la unidad programática la piedra angular del acuerdo. Siempre cultivó la idea de que la frontera de demarcación es programática. Se propuso fundar congresos, convenciones, grupos o frentes, antes que estructuras centralizadas. Su adhesión a los modelos confederativos y federativos tiene, sin duda, una fuerte raíz artiguista. Planteó formulaciones para el consenso estatutario antes que disciplinas rígidas. Apeló a la unanimidad, al consenso, a las mayorías calificadas y a las mayorías simples, como vías virtuosas de la unidad. Héctor peleó por la autonomía de las organizaciones sociales frente a los partidos políticos y frente a las organizaciones internacionales.

La paciencia de Héctor era legendaria. Quizá, como dice la milonga de Zitarrosa, porque

  No hay cosa más sin apuro

  que un pueblo haciendo historia

Héctor puso el alma en el Congreso del Pueblo durante l965. El mismo marcó un hito en la unidad del movimiento popular, tanto en lo sindical como en lo político; aunque fue desvirtuado en su amplitud, podado en sus proyecciones por políticas sectarias que intentaron, al decir de Héctor, “meter un elefante en una caja de fósforos”. Sus resoluciones  sirvieron de base  para construir las plataformas programáticas de la CNT y del FA. El Congreso del Pueblo no fue, por supuesto, obra de un solo hombre; pero Héctor lo marcó con una impronta que fue la característica de toda su vida: la empecinada búsqueda de la síntesis.

Siempre admiré la capacidad de Héctor para colocar al movimiento del que era portavoz en el centro del escenario nacional. Tenía una notable lucidez política y no poca audacia para ubicarse en el epicentro de los acontecimientos.

En medio del torbellino del 68 y el 69, del despliegue autoritario y de las resistencias de un país que no quería morir, levantó propuestas que convertían al movimiento sindical en factor decisivo de poder. Apeló a los conceptos tácticos que había elaborado desde mediados de los sesenta: el plan de lucha, la lucha de conjunto, el enfrentamiento para decidir,  y la huelga general con ocupación de los lugares de trabajo para enfrentar el golpe de estado. Esta última orientación, esta "palabra de orden" fue planteada por el COT en l964 y adoptada en ese año por la CNT.

A la cabeza del COT y como portavoz de la "Tendencia" sindical polemizó duramente en el 68 y el 69 sobre táctica y estrategia para enfrentar el avance autoritario. Discrepó duramente con la orientación mayoritaria de la CNT. En junio de l969 planteó la huelga general como traducción táctica de la línea aprobada de lucha prolongada y acciones crecientes. Perdió. El autoritarismo se abrió camino. Pero en la huelga general de l973 fructificaron las opciones del 64 y los debates del 69.

Héctor dominó con maestría la relaciones de fuerza. Supo ver el escenario desde el lado en el que estaban sus adversarios. Era consciente de las fuerzas que podía desencadenar y sabía que el referente central es el clima espiritual de la gente. "Vientos de pueblo" lo llevaban, al decir de Miguel Hernández. Para Héctor la materia prima del dirigente sindical y del político es "el análisis concreto de la situación concreta". Sintió aversión por el dogmatismo. Vivió recordando a otros que Marx le había dicho a los marxistas franceses que él no era marxista, y que Lenin jamás había admitido el leninismo.

 

IV. La forja del Frente Amplio

Esa misma actitud unitaria de Héctor orientó la creación en l969 de un movimiento político con características inéditas en nuestro país: los Grupos de Acción Unificadora (GAU), creados para promover la acción unitaria de la izquierda. H estaba obsesionado por la "dispersión táctica" de la izquierda. En 197l los GAU no presentaron candidatos: sus candidatos eran todos los del Frente Amplio.

Un año antes había abandonado la militancia sindical, después de 30 años de trabajar en ese espacio.  Héctor se lanza con todas sus energías a intentar la unidad política de la izquierda uruguaya. Recorre el país entero, junto con Arturo Baliñas, Germán D’ Elía, Washington Fernández, Oscar Bruschera y Luis Alberto Viera.  Dirá Seregni: "La ‘admirable alarma’ comenzó ahí y sacudió todo el país, especialmente el Interior (…). El Frente Amplio nace en el Interior, desde la base, oriental hasta la médula. Eso fue lo que le dio su aspecto único. Hubo cuatro o cinco personas que fueron esenciales; una de ellas: Héctor Rodríguez”  (El Tejedor, pág. 315).

La articulación política de las fuerzas de izquierda que impulsaba Héctor, la unidad sin exclusiones, no partía de ignorar las diferencias. Insistió en que la unificación no debía reducirse a lo electoral. Unidad de acción política capaz de conjugar la lucha parlamentaria con la extraparlamentaria; unidad para dialogar, negociar y concertar, desde posiciones de fuerza.

. La larga historia político-sindical de Héctor, pautada por tantos encuentros y desencuentros con los partidos de izquierda lo impulsó a valorar la importancia de los independientes dentro del Frente Amplio. Esta preocupación se concretó en el impulso a los comités de base y en su expresión en un Congreso, y en la promoción de la  “Corriente” , aglutinadora de múltiples grupos y abierta a la participación de ciudadanos independientes en l972 y l973.

 

V. Por la democracia, siempre.

Su concepción política unitaria de las fuerzas de izquierda se integraba en otra unidad mayor: la unidad de los pueblos por el contrato social, de clara filiación artiguista. La Constitución representaba ese contrato que debía ser cuidado y respetado por todos. La  idea del contrato como fundador de la vida colectiva había inspirado una de las obras a las que más contribuyó: el Estatuto de la CNT.

Cuando comenzó la crisis institucional a fines de los sesenta, Héctor impulsó la organización de un dispositivo antigolpista, en el que estaban comprometidos civiles y militares constitucionalistas –Líber Seregni, entre otros–, cuya base de sustentación era el movimiento sindical, dispuesto a la huelga general para defender el orden constitucional.

En l969, cuando la militarización de los bancarios, sostuvo que si el Parlamento declaraba que la Constitución había sido violada, el Presidente caería y sería relevado por el Vice-presidente. El Parlamento calló.  En l973,  en oportunidad de la crisis de febrero se reeditó, en otro contexto y con otros personajes, el mismo dilema y el mismo relevo. Las fuerzas opositoras no estuvieron, nuevamente, a la altura de las circunstancias.

Ocurrió el golpe de Estado y Héctor, una vez más, jugó su energía y su capacidad organizadora para impulsar la huelga general. Después fueron la detención, la tortura y la prisión.

No lo doblegaron los golpes, los plantones, los submarinos ni las picanas; en los pliegues de su ropa enviaba a sus familiares noticias de las torturas a que era sometido por la Policía, para que las denunciaran; en cada actuación ante la justicia militar, hacía asentar en actas denuncias similares.

En el penal de Punta Carretas hizo amistad con todos los presos políticos, “trillando” incansablemente por el patio 23 y en las ruedas de mate, cuando desgranaba pacientemente sus historias con hondo sentido de docencia. Allí nos hacía participar en la conmemoración de los días fastos  (el Primero de Mayo, la fundación del Frente Amplio), así como los nefastos del proceso dictatorial.

Los años que compartimos, con Héctor en la celda 263 de la "Tercera Especial" , nos marcaron para siempre. Nos enseñó lo que él consideraba la clave de la política: el análisis de la coyuntura; la idea de que la gente se une o divide por lo que sucede realmente, más que por las grandes ideas o valoraciones del mundo. De ahí la importancia de los movimientos de participación directa –movilizaciones, plebiscitos, huelgas– en torno a pocas banderas. Lo que hoy llamamos “políticas de ciudadanía”: los grandes cortes transversales en torno a cuestiones de interés colectivo.

Luchó, con la Izquierda Democrática Independiente (IDI) contra el pacto del Club Naval, porque su larga baquía le permitía avizorar fisuras en el frente autoritario, y le justificaba ambicionar una reinstauración democrática plena. El Frente Amplio no lo escuchó y Héctor aceptó el veredicto de la mayoría. Héctor reflexionaba permanentemente sobre las decisiones ya tomadas cuando sentía que algo no encajaba. Una década más tarde reexaminó el Pacto y concluyó que no había advertido que lo esencial se había logrado al habérsele otorgado facultades constituyentes a la emergente Asamblea General. Esa era un vía clave, si se usaba, para "profundizar la democracia". Héctor manifestó en El Tejedor que el pacto "abrió caminos políticos al pueblo"  (ver ps. 412 a 414).

 Después siguió militando; en 1989 adhirió a la creación de la Vertiente Artiguista, y admitió integrar sus listas, pero su última campaña, contra la ley de impunidad, había culminado ese mismo año. Desde entonces, entre sus libros y papeles, luchando con su computadora, a la que nunca consiguió domar, siguió escribiendo sus artículos para Brecha, con bolígrafo por supuesto, destilando en cada uno de ellos su larga experiencia. Atento hasta el fin a los acontecimientos nacionales e internacionales. Abierto siempre a la búsqueda de caminos renovados para defender los principios de siempre.

 

VI. La lucha por los derechos humanos.

Héctor  luchó por los DDHH la vida entera.

Nunca lo vi tan conmocionado como frente a las noticias de las desapariciones en Uruguay y Argentina. Fueron días de terror. Se podía sentir y decir, en palabras de Mario Benedetti en su poema  Zelmar:

mañana apretaremos con los dientes

este gajo de asombro / ............................

pero hoy este horror es demasiado

Una de las mayores angustias en la vida de Héctor irrumpió el día en que se enteró que sus compañeros habían decido, contrariando su opinión, permanecer en Buenos Aires. Guardó hasta el final la copia de una carta -a la que aludía siempre diciendo que era "difícil de leer sin llorar"- en la cual Julio D' Elía le manifiesta que mientras hubiera compañeros presos en Uruguay él de Buenos Aires no se iría. Pasó lo que se sabe.

 Como en la Elegía de Miguel Hernández, Héctor podía decir:

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida

Al salir de prisión, con la salud quebrantada, se propuso un límite - “Militaré hasta que salga el último preso político” – desgarrado, como estaba, por tantos muertos y desaparecidos, entre ellos amigos entrañables: Adrián Montañez, Julio Castro, María Antonia Castro, Hugo Méndez, Julio D’ Elía y tantos otros–. Pero sobrepasó largamente ese límite, a conciencia de que tal empeño abreviaría su vida.

La intransigencia de Héctor en materia de DDHH fue verdaderamente radical. No coexistió jamás con la impunidad y con el olvido. Demandó incansablemente verdad y justicia. Sabía que los hombres son capaces de sobrevivir a la indignidad de sus actos manipulando con astucia sus conciencias. Como dice uno de los personajes de la Fragata de las máscaras, la formidable novela de Tomás de Mattos: 

No hay nave más apta para capear tormentas que la conciencia del hombre; ni castillo más inexpugnable al asalto de las acusaciones del pasado, que una memoria acostumbrada a acudir al olvido"  (p.317).

Algunos tienen malos sueños. Otros ni siquiera eso. Para Héctor el problema tenía otro alcance. Más acá y más allá de los dilemas de la conciencia individual estaban las grietas en los fundamentos de la convivencia colectiva y la demanda inclaudicable por verdad y justicia.

 

VII. La crisis del socialismo y los nuevos caminos.

Héctor fue un hombre de todos los escenarios. Desde lo micro a lo macro; transitó por lo local, lo nacional, lo regional, “la Patria Grande Latinoamericana” y lo mundial. La devoción por la solidaridad con la revolución cubana y con todas las causas liberadoras constituyó una de sus constantes más marcadas. Al fin y al cabo una de sus críticas más duras al estalinismo y a sus sucesores apuntó sus baterías contra la tesis de un socialismo desarrollado “en un solo país”.

Héctor se interrogó hasta el último día sobre las causas que provocaron el derrumbe del socialismo de Estado. Una de sus pasiones finales fue la revisión de la peripecia  bolchevique. No por deleite hermenéutico o por  afán prospectivo, sino para encontrar nuevos fondos en los que anclar las propuestas de cambio.  Para Héctor, el memorioso, la experiencia realizada podía ser una cantera inagotable de nuevas formulaciones. En palabras de Benedetti, excavaba hondo en el pasado para poder excavar hondo en el futuro.

En 1991, al término del “siglo corto” del que nos habla Eric Hobsbawm, durante las Jornadas que organizó Brecha sobre “la caída de los socialismos reales”, Héctor aportó sus propuestas para una plataforma internacional capaz de aglutinar a las fuerzas progresistas en torno a grandes banderas: la paz, los derechos humanos, el medio ambiente, la autodeterminación de los pueblos, la lucha contra la discriminación de género o racial.

Héctor defendió los derechos del pueblo cubano a la autodeterminación; hizo lo mismo con el pueblo checo en l968; no admitió jamás una excepción a este principio en parte alguna de la tierra.

 

VIII. Fundador de futuros.

 Su magisterio nos dejó numerosas publicaciones -gran parte de las cuales han sido recogidas en las ediciones del Centro Uruguay Independiente-. Héctor nos legó un conjunto de libros formidables, cientos de artículos periodísticos esclarecedores, documentos políticos impecables y, ante todo, el ejemplo cristalino de su conducta. Para Héctor las barreras éticas eran infranqueables. La izquierda es postura ética pero también es memoria y proyecto. Héctor fue más tensión hacia el proyecto que ejercicio de memoria. Para muchos uruguayos del presente y del futuro será, como memoria, una fuente generosa de inspiración en el proyecto.

A Héctor Rodríguez, el hombre bueno, el tejedor de voluntades, el "abrecaminos", el obrero textil, el hombre de las asambleas y de la movilización popular, el forjador del PIT/CNT, el constructor del FA, el parlamentario de izquierda, nuestro agradecimiento.

       Embelleció la vida de muchos y vivo quedará en la muerte.